
Fotografía: Manuel Cacciatori (CC).
Uno
encuentra en las tiendas libros sobre vidas de santos, de políticos,
tanto comunistas como nazis e incluso democristianos, además de
biografías de rockeros y estrellas pop de caprichosas sensibilidades,
hasta hay libros sobre la vida de presentadores de la tele y nunca
faltan los de futbolistas. ¿Pero libros de vidas de animales? Nada. O
poca cosa. Sí que recuerdo leer de crío Lad, un perro, sobre un
collie estadounidense, pero eran relatos heroicos, era casi un perro
superhéroe, no el chucho torpe y adorable que solemos tener en casa. No
había realismo soviético. Porque no es habitual que alguien se dedique a
glosar el paso por este mundo de los bichos que nos acompañan. Sus
manías, sus desvelos o los objetos absurdos que se convierten en sus
juguetes favoritos. ¿Tiene más que enseñarnos Churchill con sus guerras y aforismos que un gato con su cojín favorito para tomar el sol y sus ronroneos? Permítanme que lo dude....
Es por esto que desde el año pasado hemos recibido con sorpresa la agradable presencia en las librerías de Lo que aprendemos de los gatos, de Paloma Díaz-Mas
(Anagrama, 2014). Es un libro que cuenta la vida de sus compañeros
peludos, sin más, que no es poco. La de la desgraciadamente fallecida
Tris-Tras y las de los dos que vinieron después, Tris y Tras. Y es
emocionante, porque cualquier persona que tenga el privilegio de vivir
con gatos reconocerá en cada línea a sus amigos y, también, porque
comienza recordando los últimos minutos de vida de Tris-Tras en el
veterinario y se te nubla la vista cuando lo lees. Pero lo que prima de
la obra es lo mucho que pueden alegrarte la vida estos bichos, cómo te
lo dan todo pidiendo prácticamente nada a cambio. «Y
ahora cuando volvemos a casa después de un día de trabajo, los dos,
Tris y Tras, acuden a recibirnos tan pronto como oyen el ruido de la
llave en la cerradura; llegan con un trotecillo alegre y, cariñosos,
pasan alternativamente sus lomos (blanco y negro, negro y blanco) por
nuestras piernas, nos exigen caricias a grandes voces felinas y se
desploman en el suelo mostrándonos sus tripillas de seda para que las
rasquemos suavemente».
Yo
entré en el mundo gatuno por casualidad. Me encontré uno de pocos meses
en la calle hecho un cristo, me lo subí a casa, puse en Google «gato» y
ahí empezó todo. Una aventura que ha durado siete años y que ya me
empieza a dar dolor de tripa cuando pienso que me quedan entre otros
siete u otros diez como mucho. O algo peor, como se pregunta Paloma en
su libro: ¿quién cuidará de ellos cuando nosotros ya no estemos? Eso sí
que me da pánico. Si ocurriera una desgracia ¿en manos de quién
quedarían? ¿Será capaz quienquiera que sea de entenderlos, de saber
tratarlos como son, como merecen?
Tengo
dos. Al preguntarle al Google las instrucciones de los gatos me
contestó que lo mejor que puedes hacer cuando coges un gato es coger
otro más inmediatamente. A través de SOS Felinos adopté a uno que habían
tirado al contenedor en una bolsa de basura con todos sus hermanos
recién nacidos. Cuando los vi en el veterinario, cuatro gatos pelirrojos
de pocos meses, estuve a punto de cogerlos todos. Pero de dar ese paso a
comprarme una escopeta y sentarme en una mecedora en la puerta de casa
había muy pocos meses.
Y
con dos la vida ya es suficientemente maravillosa. Como cuenta Paloma,
que su Tris y su Tras tienen relaciones sexuales aunque estén castrados;
relaciones que suelen acabar con la gata cabreada y arañando «mientras
el macho enardecido busca un desquicio para intentar montarla».
En
mi caso, como nunca supe la edad de los míos porque venían de la rúe, y
uno de ellos desnutrido y pequeño, los castré tarde y ahora tienen
también relaciones sexuales. Dicen que cuando se les castra fuera de
plazo les quedan instintos sexuales. Lo simpático es que son dos machos,
de modo que todos aquellos teóricos de que la homosexualidad no existe
en el mundo animal podrían revisar sus teorías en mi casa: aquí tenemos
enculadas todas las tardes a la hora de la siesta. Es muy evocador estar
viendo la rueda de prensa del Consejo de Ministros de los viernes y que
en el mueble de la tele se produzca una brutal percusión anal. Y ya que
hablamos de culos, diré que este fragmento del libro me extrañó:
«estira las patas traseras y levanta el rabo, muestra con naturalidad un
ano sonrosado y limpio como una flor».
Los
míos no siempre lo llevan sucio, pero cada vez que levantan el rabo les
veo alguna pelotilla. Tarzanitos en el argot colegial. Y eso que se lo
limpian constantemente, incluso el uno al otro. Pero no podría afirmar
eso de «como una flor» precisamente.
Por
otro lado, la autora dice que también sufre cuando intenta leer y se le
suben encima del libro. A mí se me han llegado a poner encima,
sentados, de minúsculas libretas. A veces hasta de los pósit. Cuenta
ella que se debe a que las hojas están tibias «por el calor que irradia
la lámpara con la que iluminamos la lectura y esa leve tibieza es
enseguida detectada por el gato, que va a aposentarse ahí». Yo había
leído anteriormente que era por celos, que les molestaba que se prestase
tanta atención a esa cosa y no a ellos. Sea como fuere, recomiendo la
lectura de un periódico formato sábana, el New York Times por ejemplo, delante de un gato ocioso. Ya verás qué risa.
También
señala la obra que los gatos te marcan a ti, que te etiquetan como
suyos. Lo mismo que hace Sheldon Cooper con todas sus pertenencias. Con
esto hay varios episodios de locura. Cuando friegas la cocina o los
baños, por ejemplo, se revuelcan y frotan contra el suelo porque huele a
lejía, se ponen a dejar su olor en las baldosas con tal histeria que
parecen aquellos jugadores del Real Madrid de infausto recuerdo haciendo
la cucaracha. O cuando alguien ha pisado algo en la calle y entra en
casa, algo marcado por otro gato se entiende, o meado, y deja su huella
en el salón, se empeñan en borrarlo con el lomo y el cogote como Kárate
Kid encerando en fase maestro. Es digno de ver.

Imagen: Anagrama.
En
otro párrafo dice Paloma y no miente que «establecer una hora para
juegos es un contrato de por vida». En realidad, hay muchos contratos de
por vida que escribes con ellos sin darte cuenta que te esclavizan
hasta la extenuación. Los peores son los relacionados con la comida.
Desayunar jamón de york a diario supone una juerga en mi casa de
maullidos lastimeros, saltos y arañazos a las nueve de la mañana todos
los días del año sin excepción que el menos pensado el Gobierno les
aplica la ley mordaza y se los lleva presos. También es una rutina
infernal como se te ocurra peinarlos con frecuencia. Acercar la mano al
cajón donde está su cepillito supone arquear el lomo y maullar agudo
alrededor de tus pies como pegajosos pedigüeños. En el libro, sobre esto
de cepillarles, Paloma nos trae un curioso refrán catalán y reflexiona
sobre su significado: «”qui no té feina, el gat pentina”. Quien no tiene
nada que hacer, peina al gato. También podría decirse lo contrario:
quien peina al gato, si lo hace como es debido, con la concentración
necesaria, suspende durante un rato sus faenas, sus azacanadas tareas, y
se concentra brevemente en el mero hecho de vivir».
Porque
esta obra sobre lo que más profundiza es sobre su vida de reyezuelos.
Dice que no son niños ni bebés, sino adultos capaces de valerse por sí
mismos en la calle. Y que domesticados se dedican muy felizmente a
tocarse la bolsa testicular día y noche. A enseñarnos a vivir,
sencillamente, a nosotros que solemos estar agobiados y preocupados por
muchas gilipolleces. A ellos, con sus pequeños placeres, con su
compañero de ocio si están acompañados, disfrutando cada día como si
fuera el último de los rayos del sol sobre el lomito o achucharrados en
pleno sofá, nos les vengas a hablar de espurios quebraderos de cabeza de
la vida moderna.
En
este aspecto se ve de qué pasta está hecha esta escritora. Es de las
que pasa calor, se arriesga a la escoliosis y a la luxación inverosímil
porque alguno de sus gatos ha decidido ocupar la mayor parte del sillón.
Ya hubo un grupo de Facebook en su día sobre problemas en la columna
vertebral por no ser capaces de despertar al gato para que no ocupe tres
cuartas partes de la cama en la que estás durmiendo. Dos personas
adultas en medio metro aplastadas mientras un gato se estira con su
carita dormidita en metro y medio, eso, más que ningún otro detalle,
indica la devoción que se puede sentir por estos bichos. Peor que los
indios con las vacas.
Dicho
lo cual, sobre su carácter sagrado, me viene a la mente otra lectura.
Es de las primeras a las que eché mano para ver qué había metido en
casa. Se trata del clásico Observe a su gato de Desmond Morris,
un libro divulgativo que cuenta todo lo que uno necesite conocer sobre
los mininos. Como todo el mundo sabrá, cuando el ser humano dejó la vida
nómada y empezó a poner sembrados, el gato, que hasta ese momento le
pasaba inadvertido, le fue muy útil para acabar con los roedores,
pájaros y demás que se comían las cosechas. Hasta el punto, cuenta
Morris, de que en Egipto el gato cuando moría era embalsamado
ceremoniosamente, su cuerpo «se liaba con envolturas de diferentes
colores y se cubría su cara con una máscara de madera». Eso es amor.
Luego
sigue con que en esa admirable civilización los gatos tenían sus
propios cementerios donde había enterrados millones. Y tenían su propia
diosa, Bastet, que significaba «habitante de Bast» (la ciudad en la que
estaba el templo más importante para rendirle culto a los gatos, donde
cada primavera acudían hasta medio millón de peregrinos). Posiblemente,
cita, eran los festivales religiosos más populares de Egipto «que
incluían salvajes celebraciones orgiásticas y bacanales rituales»
(seguro que ese insulto despreciable de «la loca de los gatos» que
suelen soltar ustedes por esa bocaza en Egipto tendría otras
connotaciones menos peyorativas ¿verdad, machotes?).
Pues
bien, está uno leyendo todos los detalles de las sanas costumbres de
los egipcios con los gatos, todas las estatuas de bronce que les
dedicaron, y todo es sonreír bobaliconamente hasta que aparecen los
ingleses en el siglo XIX. Iban en busca de los cementerios para
saquearlos. Sí, al margen de riquezas y tesoros arqueológicos de todo
tipo, los británicos se llevaban también las momias de los gatos para
emplearlas como de fertilizantes. «Todo cuanto sobrevivió de este
episodio fue un único cráneo de gato que se encuentra en el Museo
Británico». Hijos de puta.

Imagen: Crown Publishing.
Ojalá
les cayeran encima todo el peso de la ley egipcia, porque según cuenta
Morris era impenitente con los delitos relacionados con gatos. Lo normal
esa que hubieran exigido trescientas mil muertes por semejante
sacrilegio, dice. «En cierta ocasión descuartizaron a un soldado romano,
miembro a miembro, por haber herido a un gato». Tenían hasta prohibida
la exportación de felinos. Eran sacados ilegalmente del país por los
fenicios para venderlos como mascotas en los hogares de las clases altas
del Mediterráneo. Luego en Europa cogieron fama de controladores de la
peste por perseguir a los roedores y se extendieron rápidamente por el
continente. Tanto fue así que en Britania, donde los romanos habían
introducido al animal, está documentado que también había castigos para
quien hiciera daño a un gato, confiscaciones de grano o de animales,
como una oveja o un cordero, que no era poco entonces.
Al
final todo se vino abajo con la aparición de Santa Madre Iglesia, como
tantas otras cosas buenas. Fueron proclamados, explica, «criaturas
diabólicos, agentes de Satanás y familiares de las brujas y se urgió a
los cristianos de todas partes a que les infligiesen tanto dolor y
sufrimiento como les fuese posible (…) Los gatos fueron quemados vivos
en los días festivos. Centenares de millares de gatos fueron desollados,
crucificados, muertos a palos, asados o arrojados desde lo alto de las
torres de las iglesias a petición de los sacerdotes, como parte de una
terrible purga contra los supuestos enemigos de Cristo». Precioso.
Se
supone que esta época quedó atrás, si no fuera por algunos desalmados
de los que desgraciadamente llegan noticias periódicamente, y que de
ella solo prevalece la superstición de que los gatos negros traen mala
suerte. Lo cierto es que sí que hemos pasado de esas costumbres a
compartir fotos y ver vídeos de gatitos en YouTube más felices que unas
castañuelas. Aunque nunca se sabe qué nos traerá el futuro. Hace un par
de años un estudio de Nature advertía de que los gatos son la
principal amenaza para la vida silvestre. En Estados Unidos son
responsables de la muerte de entre mil cuatrocientos y tres mil
setecientos millones de aves y entre sesi mil novecientos y veinte mil
setecientos millones de mamíferos cada año. Se supone que ya se han
llevado por delante treinta y tres especies que se han extinguido por su
culpa. Un 15 % de todas las aves estadounidenses mueren a zarpas de
alguno de los ochenta y cuatro millones de gatos que hay en ese país.
Uno de los motivos es que el gato es el único animal que caza cuando no
tiene hambre. Y lo que es peor, si no hay gazuza, se dedica a
jugar-torturar a sus presas durante horas, dejando que mueran de mala
manera, porque lo que quieren es echar el rato, o aprender o
perfeccionar sus técnicas de caza. Sea como fuere son muy cabrones. Pero
afortunadamente, Bruce Kornreich, veterinario de la
Universidad Cornell, advirtió de que acabar con los gatos callejeros y
asilvestrados para conservar la fauna, como ya se intentó hacer en Nueva
Zelanda, podría ser contraproducente porque los gatos sirven para
controlar la población de otras especies que podrían ser todavía más
perjudiciales para el resto de animales, citó El País en un reportaje.
En otro fragmento interesante de Observe a su gato
Morris explica que el bufido de los gatos es una «mímica protectora»,
es decir, que imitan a las serpientes, un bicho al que respetan todos
los depredadores. Si esto es así, yo no lo sé. Ahora bien, he visto
muchos tipos de maullidos de gato. El mío, por ejemplo, maúlla como un
loro. Reproduce los sonidos propios de esos pájaros de color verde. O,
en su defecto, R2D2. Si ese robot fuera un loro maullaría como mi gato,
para expresarlo correctamente. Y el otro que tengo a veces parece un
grajo. Aunque ambos, en cuanto abro un sobre de jamón cocido, lo que
expresan son genuinas saetas al Cristo de los gitanitos buenos. Solo les
falta llevarse una patita al pecho y levantar la otra. También recuerdo
a un gato que balaba como una verdadera oveja. Y tengo un amigo que su
gato es mudo. En fin, que las posibilidades parecen infinitas. Esta
misma tarde, un par de horas antes de escribir estas líneas, le he
bajado comida a una de la calle y se me acercaba maullando melancólica
como Gollum en la intimidad de sus rocas de alta montaña.
Y
no se puede dejar sin citar de este libro las particularidades del pene
del gato. A diferencia de otros falos del reino animal, muchos suaves e
incluso aterciopelados si te echas Neutrogena cada día y te acuestas
con el miembro envuelto en rodajas de pepino, los gatos tienen uno de
los nacles más ásperos de la naturaleza. Vistos al microscopio, se puede
ver que están cubiertos de espinas «cortas y aguzadas, todas apuntando
hacia un lado». De modo que el pene se introduce con facilidad, pero al
retirarlo «raspa brutalmente» las paredes de la vagina de la hembra, lo
que a ella le causa «espasmo y cierto dolor». No contentos con ser unos
torturadores implacables del resto de especies, cuando tienen relaciones
sexuales si no hay dolores insoportables es que no hay sexo. Son como
camioneros con el taquímetro fundido aparcando en un club de carretera
comarcal. Nuestros pequeños peluchonis tienen las costumbres de los
soldados de Gengis Khan, hay que admitirlo, pero si tú
te encuentras a un jinete mongol echando la siesta al solillo, o al
camionero que ha causado estragos en el puticlub, nunca le darías
besitos en la tripita ni le acariciarías detrás de la orejilla. Hete ahí
la diferencia. Y los porqués ¿a quién le importan?

Imagen: Kodansha.
Por último, reseñaré una tercera lectura sobre gatos, tal vez la mejor: El dulce hogar de Chi. Cómic japonés de Konami Kanata
sobre la vida diaria de un gato que ha sido adoptado por una familia.
Una verdadera joya. Y cotizada. Uno de los momentos más lamentables de
mi vida fue pelearme con un señor de sesenta años en una librería por el
último ejemplar del volumen 6 de la colección. Ahora van por el nueve.
Tengan cuidado ahí fuera. Sobre todo porque cuestan más de once euros.
Chi
es una gatita callejera recién nacida que va con su madre y hermanitos
de paseo. Se entretiene mirando una mariposa y para cuando vuelve a
bajar la cabeza, ha perdido a la comitiva familiar. Los busca, maúlla en
plan saeta, da vueltas, pero no los encuentra. Desesperada, se oculta
entre la hierba para morir exhausta, cuando de repente aparece un chaval
y se la encuentra. Con muy buen criterio, el niño se la lleva a casa y
ahí empieza este maravilloso culebrón.
Para
empezar, «Chi» significa «pipí» en japonés. Resulta que a la gatita la
ponen un cajón con papel de periódico en lugar de con arena y prefiere
mearse en el cesto de la ropa sucia. Recuerdo yo que una vez se me quedó
el gato encerrado en el baño —él mismo se encierra sin querer
colgándose de las toallas que penden en la puerta— y se pasó más de un
día ahí, yo no estaba. Fue horrible cuando le abrí al llegar, pero me
resultó enternecedor que se cagó en mitad del baño y tapó la plastita
con la toalla del bidet, como quien cubre un cadáver con suma
delicadeza.
Hay
momentos tan reales en este cómic. No es de extrañar que Kanata se
inspirara para dibujarlo en un gato que ella misma había adoptado. En un
momento dado, le compran a Chi un montón de juguetes especiales para
felinos y ella se lanza como loca a por la bolsa de plástico pasando de
los regalos, que habrían costado un pastizal, porque nos sablean bien
con estas cosas. Y otra experiencia común es su primera vez en el
veterinario. Ahí lo primero que les hacen en su primera visita es
sodomizarlos para medirles la temperatura. Ellos te miran con los ojos
grandes: ¿pero por qué? Por eso también pasa Chi. Aunque viene a ser
como una venganza anticipada por lo que tendrán que pasar luego sus
dueños, como que se afile las uñas en el sofá. Hay múltiples inventos,
rascadores, esprays de feromonas que donde se echa se supone que ya no
rasca, pero no suelen funcionar. Ellos, o su esquina del sillón para
destruirla, o nada. Esperemos que Kim Kardashian presuma en su reality de sofá con una esquina deshilachada completamente destruida para que la cosa al menos sea trendy y nuestros hogares no parezcan pisos francos para la venta de crack.
Quizá
el capítulo que mejor resuma lo que es la vida alrededor de felinos sea
una del volumen 6, «Chi lo tira todo». Creo que no tienen un instinto
más desarrollado que ese, el de arrojar objetos al vacío. Lo hacen con
la patita, despacio, recreándose. Y luego lo miran desde arriba, como
pensando: «pues sí, se ha caído… voy a hacerlo otra vez». Habrá quien
piense que Chi es una lectura para niños. De hecho lo es. Y envían fotos
de sus gatos para que las publiquen en las últimas páginas de cada
entrega. Pero esta no es más que otra faceta maravillosa de los mininos:
permitir que vuelva a ser niño quien alguna vez lo ha sido.


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